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“¡Mamá, estoy aburrido/a!”…

Niño ve la lluvia sin nada que hacer

En estos últimos días de lluvia, ¿quién no ha escuchado en su casa la frase: “¡Mamá, estoy aburrido!”?

Lo curioso es que, cuando éramos niños, muchos recibíamos casi siempre la misma respuesta: “¿Aburrido/a? ¡Pero si tienes un montón de juguetes!” o “Cuando yo era chica no tenía todo lo que tú tienes”. Nuestros padres respondían desde la realidad que ellos habían vivido.

Hoy la situación es distinta. Nuestros hijos tienen más opciones para entretenerse que nunca y, aun así, esa sensación sigue apareciendo. Tal vez porque el problema nunca fue la cantidad de juguetes, sino que ese pequeño necesita un espacio en el que la imaginación pueda volar.

Observar en vez de resolver

Como papás, muchas veces queremos resolver ese momento de inmediato. Casi sin pensarlo, empezamos a buscar ideas para entretenerlos. Pero ¿qué pasaría si hiciéramos lo contrario?

Quizás podríamos simplemente observarlos y esperar a que nos inviten a integrarnos a su juego. Cuando nos damos el tiempo de escuchar sus ideas y entrar en ese mundo, descubrimos que una caja es un barco pirata, unas mantas son una cueva y unas sillas, un tren. Lo maravilloso es que esas ideas no nacen porque un adulto las propuso, sino porque un niño tuvo la oportunidad de imaginar.

Mamá y su hija jugando juntas con una intura

Confiar en sus propias ideas

Darles tiempo para que se desafíen y busquen sus propias soluciones también es una forma de educar. Al respetar sus ideas y permitirles desarrollarlas, les estamos diciendo, sin palabras: “Confío en ti”. Así pueden descubrir que son capaces de crear y encontrar sus propias respuestas.

Quizás el desafío no sea pensar qué actividad hacer con nuestros hijos, sino cambiar el lugar desde donde los acompañamos. En vez de entregarles la respuesta, podemos hacer una pregunta: “¿Qué se te ocurre?”. Esa simple invitación les da la posibilidad de probar, equivocarse, volver a intentarlo y llevar adelante sus propias ideas.

De guía a compañero de aventura

Y nuestro papel también cambia. Dejamos de ser quienes organizan el juego para convertirnos en compañeros de aventura. Ya no necesitamos dirigir cada momento; basta con estar disponibles para entrar en el mundo que ellos están construyendo. A veces solo tenemos que subirnos a un barco o seguir un mapa del tesoro. Lo importante no es el juego en sí, sino aceptar la invitación a mirar el mundo desde sus ojos.

Curiosamente, esos momentos suelen ser los que más permanecen en la memoria. No porque el juego haya sido perfecto, sino porque lo vivimos juntos. Sin darnos cuenta, comenzamos a crear esas historias familiares que vuelven a aparecer una y otra vez en las conversaciones: “¿Se acuerdan cuando el living era una selva?” o “¿Y cuándo acampamos bajo la mesa del comedor?”. Son recuerdos sencillos, pero tienen algo en común: nacieron de una idea compartida y del tiempo que decidimos regalarnos.

De dónde nacen las historias

Muchas veces me preguntan de dónde nacen las historias que escribo. Mi mejor regalo, por ejemplo, nació al ver la pena de mi hija cuando se dio cuenta de que estaba creciendo y que debía dejar atrás algunas cosas importantes para ella, para encontrar otras que la ayudaran a sentirse mejor. Mientras la acompañaba en ese momento, le conté algunas experiencias mías y conversamos sobre lo que significa despedirse de aquello que queremos. De esa conversación tan sencilla y cercana nació el cuento.

Así comienzan muchas de mis historias: en algo que ocurre dentro de mi familia, en una emoción o en una conversación cotidiana. Después, cuando el cuento llega a otros hogares, cada familia puede reconocer algo de su propia historia y comenzar una nueva conversación.

Por eso creo que los cuentos no terminan cuando cerramos la última página. Al igual que las mejores aventuras en familia, siguen viviendo en la imaginación, en las risas y en esos recuerdos que un día nuestros hijos contarán como parte de su infancia.

Quizás ahí está la verdadera magia: una experiencia cotidiana puede transformarse en un cuento y, cuando ese cuento llega a otro hogar, puede abrir una conversación, un juego o un nuevo recuerdo. Porque muchas historias nacen de la vida y, a través de los libros, continúan creciendo en cada familia.

la próxima vez que lo escuches

La próxima vez que escuches: “¡Mamá, estoy aburrido!”, no necesites correr a buscar una solución. Tal vez baste con sonreír y preguntar: “¿Qué se te ocurre?”. Puede que, sin darte cuenta, ese sea el comienzo de una historia que tu familia recordará durante muchos años.

Niña mira aburrida

Mónica Tagle

Mónica Tagle es psicopedagoga, educadora y autora de literatura infantil con más de 25 años de trayectoria en educación temprana y procesos de aprendizaje. Como fundadora de Play Fun Learn Studios, se especializa en la creación de recursos educativos enfocados en la inclusión, la neurodiversidad y el bilingüismo. Su enfoque pedagógico combina su experiencia clínica y docente con una visión humana y empática, promoviendo el desarrollo emocional y el aprendizaje a través del juego en la infancia.

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