¿Cuántas veces has notado que uno de tus hijos no te está diciendo toda la verdad? ¿O has visto que algo le pasa, aunque te diga que está bien? La verdad es que los conocemos al dedillo. Y junto con sus palabras, reconocemos una mirada, una expresión o un movimiento que nos hace pensar que hay algo más por contar. Esa comunicación no verbal con los niños, hecha de miradas, gestos y tono de voz, dice mucho más de lo que parece.
Cómo funciona la comunicación no verbal con los niños
Esta manera de comunicarnos comienza mucho antes de que podamos hablar. Incluso en nuestro vientre, sus movimientos ya nos hacen sentir su presencia. Cuando el bebé llega al mundo, vamos aprendiendo a reconocer su mirada, su llanto y sus movimientos. Así empezamos a conocer lo que siente o necesita, y encontramos maneras de responderle.
Con el tiempo, a esas expresiones se van sumando las palabras. Nuestros hijos incorporan el idioma y descubren cómo pedir algo, contar lo que hicieron o expresar lo que sienten. Los gestos siguen acompañándolos y le dan a cada mensaje algo propio.
También nuestra voz tiene mucho que contar. Una misma frase puede sonar distinta según el tono que usamos, las pausas que hacemos o la expresión de nuestra cara. Por eso, también “leemos” a los demás: escuchamos sus palabras y nos fijamos en cómo las dicen.

Cuando lo que decimos y lo que mostramos van de la mano, es más fácil comprender el mensaje. Si no coinciden, nos entra la duda: ¿qué nos quiere decir realmente esa persona? Por eso vale la pena cuidar tanto las palabras como los gestos que las acompañan cuando hablamos con nuestros hijos.
Y esta forma de comunicarnos también nos da ideas para jugar juntos. Los absurdos o los contrarios son un ejemplo. Podemos decir «¡qué calor!» mientras fingimos tiritar de frío. Como estamos jugando, exageramos y los invitamos a descubrir qué resulta extraño. Así les damos espacio para observar, escuchar y pensar en el mensaje que están recibiendo.
Jugar con voz y gestos al leer cuentos
Cuando cuento una historia, la voz y el cuerpo también tienen un lugar. Pienso en cómo habla cada personaje, cómo se mueve y qué le está pasando. Una frase puede sonar alegre, asustada o sorprendida. Una pausa puede dejar a los niños esperando lo que viene. Con esos pequeños cambios, voy mostrando lo que las palabras cuentan y lo que el personaje quiere expresar.
El cuento se convierte así en una oportunidad para descubrir nuevas palabras, comprender lo que ocurre y encontrar otras maneras de contarlo. Esa forma de “leer” un mensaje, que comienza en nuestros primeros encuentros, también nos acompaña al escuchar una historia.
La próxima vez que leas un cuento con tu hijo, invítalo a darle su propia voz a un personaje. Deja que pruebe cómo hablaría y cómo se movería. Puede ser un entretenido juego para seguir disfrutando juntos de la historia.
