Es una de las preguntas que más se repite: ¿cuándo empezar a leerles a los niños? Y aunque muchos esperan que llegue cierta edad, que hablen o que “entiendan más”, la verdad es que la lectura comienza mucho antes. Parte desde el primer día en que llegan a este mundo, cuando los tienes por primera vez en tus brazos.
Leer no es solo comprender palabras. Es una experiencia mucho más profunda. Es el tono de tu voz, es el contacto, es ese momento en que el mundo se detiene y estás completamente presente con tu hijo. Aunque parezca pequeño, aunque no hable, aunque no siga la historia… está recibiendo mucho más de lo que imaginamos.
Una historia que lo explica todo
Hay algo que siempre vuelve a mí cuando pienso en la lectura. Cuando era niña, mi abuelo nos contaba historias antes de dormir. A mis primas y a mí. No era solo el cuento. Era ese momento íntimo, donde estábamos juntas, donde todo se detenía y ese espacio era solo nuestro. Lo hacía mágico. Especial. Con el tiempo, él tomaba esas mismas historias y las escribía en su máquina de escribir para regalárnoslas. Tener esos cuentos en las manos era como volver a ese momento una y otra vez.
Y muchas veces me lo he preguntado… quizás si hoy estoy creando historias, tiene mucho que ver con eso. Con esa persona tan especial que nos relataba sus aventuras de cuando era niño, y que, sin saberlo, sembró algo muy profundo.
De esos recuerdos nacen nuevas historias
Con los años, esa experiencia fue tomando sentido. Hoy, cada vez que creo un libro, hay algo de ese momento presente. Hay algo de esa intimidad, de ese vínculo, de esa intención de regalar no solo una historia, sino un espacio compartido.
Mis libros nacen desde ahí. Desde lo cotidiano, desde las emociones de los niños, desde situaciones que viven día a día. Buscan abrir conversaciones, acompañar procesos y, sobre todo, crear momentos reales entre adultos y niños.
Porque al final, un libro no es solo lo que se lee… es lo que pasa entre quienes lo comparten.
Leer es acompañar
En los primeros años de vida, el cerebro de los niños está en pleno desarrollo, y la lectura desde bebés cumple un rol fundamental. Cada palabra que escuchan, cada imagen que observan, cada interacción, va construyendo su manera de entender el mundo. Aunque no comprendan la historia completa, están incorporando lenguaje, ritmo, emociones. Están aprendiendo a escuchar, imaginar, a sentirse seguros.
No se trata de hacerlo perfecto. No necesitas una rutina estructurada ni largos momentos de concentración. A veces bastan unos minutos, una historia corta, una conversación a partir de una imagen. Incluso puede ser simplemente nombrar lo que aparece en una página, hacer sonidos, inventar. Leer también es jugar.
En esos primeros encuentros con los libros, los materiales simples, las ilustraciones cercanas y las historias breves hacen toda la diferencia. Libros que se puedan tocar, explorar y volver a mirar una y otra vez se transforman en verdaderos compañeros de la infancia.
Y si tu hijo no se queda quieto, si pasa las páginas rápido o pierde la atención, está bien. Es parte de su desarrollo. La lectura no necesita silencio ni rigidez para ser valiosa. Necesita presencia.
Un mensaje que queda
Con el tiempo, esos pequeños momentos se van acumulando. Se transforman en recuerdos, en vínculos, en una relación positiva con los libros. Y sin darte cuenta, estás formando algo mucho más grande que un hábito.
Quizás hoy, sin darte cuenta, estás creando esos mismos recuerdos que un día tu hijo va a guardar. Momentos simples, cotidianos, pero profundamente significativos.
Porque los libros son para todos, y cada uno encuentra en ellos su propio mensaje especial.
Porque así empiezan las grandes historias. En lo pequeño. En lo cotidiano. En un adulto que se detiene y comparte.
Pequeñas manos, grandes historias.